No soy Justin Bieber

O sea, claro que no soy Justin Bieber. Así que déjenme explicarme. Quien me conoce sabe que yo soy fan del “nuevo Justin”. Lo que más me atrae de él, es su capacidad de renacer de las cenizas.

Sigue siendo rebelde pero aunque es muy joven, de cierta forma su música transmite madurez, crecimiento. Yo fui una de las tantas fans que no pudo asistir a su concierto en RD, pero… ¡oh Dios!!! Cuánto me hubiese encantado.

Volviendo al enunciado "No soy Justin Bieber", no tengo todos sus seguidores, no he pasado por sus locuras, no tengo todos sus millones $$$$$, pero sí me ha tocado evolucionar en el medio en el que he decidido hacer vida profesional. Y como ahora mismo no podemos leer o escuchar algunas de las claves que ayudaron a JB en si proceso, les toca conformarse con las mías.

1.    No escuches todo lo que te dicen. 

Dice un refrán que el que se lleva del consejo, muere de viejo. Y es cierto, pero no puedes escuchar todo lo que dicen por ahí de ti y de tu trabajo, porque no todo será cierto. De mí he escuchado de todo, que si soy lesbiana, que estoy saliendo con un hombre mayor o que alguien me mantiene, que no sé de moda o que sé demasiado, que soy muy soberbia o que soy muy dócil e inocente… La lista sigue. Como ves, son comentarios opuestos uno del otro. Y esto deja dicho, que todo el mundo siempre se hará una opinión de ti. Siempre hablarán. En algunos casos cosas que sabes no son reales y en otros, te harán detenerte a cuestionarte, y analizar la situación o tu comportamiento. Así que no siempre escuches todo...

2.    Pero sí escucha a quienes te quieren

Por supuesto, tampoco te hagas de la vista gorda. Sigue el consejo de personas que te consta buscan tu bienestar y que te dirán, no necesariamente lo que quieres oír, pero sí lo que tienes que escuchar. Amigos, familiares, incluso compañeros de trabajo. Sigue esa intuición que te dice que esa persona quiere lo mejor para ti.

3.    Hay que dejar personas y actitudes atrás

Esta es una de las lecciones más grandes que he aprendido en mi vida… el desapego. Una de las más difíciles, además. Les contaré una historia. Cuando era una adolescente (mi mamá tenía poco de fallecida), mi papá, mi hermana y yo hicimos un viaje de vuelta a Puerto Rico, país donde vivimos por unos seis años. Con el poco dinero que mi papá tenía para el viaje, nos compró varias cosas que dejó eligiéramos. El día en que regresábamos fuimos a una tienda –ya había gastado mi parte del dinero–, pero quería unos zapatos que me encantaron: tipo chancletas (sandalias), con flores pastel bordadas en los tiros. El tacón en madera perfectamente tallado y de acabo antiguo; el detalle perfecto para que me terminara de enamorar. ¡Las quería con locura! Y las obtuve. Costaron unos 10 dólares pero para mí era lo mejor que me había sucedido en el viaje, no ver a mis amigos o familiares, sino aquellas sandalias. ¡¿Lo pueden creer?!. Después de meses de tenerlas en mi clóset, limpias y como niñas mimadas, una mañana las encontré rotas. Un ratoncito había hecho de las suyas y mis chancletas de princesa ya no tenían arreglo. ¡Lloré! Lloré mucho, como si hubiese perdido a una persona querida. A pesar de lo sucedido con mi mamá, ¿cómo era posible que no pudiera desprenderme de un par de zapatos? ¡Era una locura! Después de varios años, entendí que hay cosas que van y vienen para enseñarnos una lección. Lo mismo sucede con las personas: nada es permanente. Algunas lo harán gran parte del camino, otras por sólo una temporada o incluso por horas. Quizá se trata de alguien a quien conociste en un seminario o con quien compartiste en un restaurante, pero a esas las dejas ir sin problema. Sin embargo, también te tocará let go a amistades que ya cumplieron su objetivo en tu vida, y que, aunque en el momento no lo veas, más que sumarte te restan. ¿Cómo lo sabes? Si tu paz se altera constantemente cuando estás con esa persona, entonces te está haciendo más mal que bien.

Cuando te des cuenta de que ha llegado ese momento, te juro que será uno de los más dolorosos de tu vida, mucho más que perder tu zapato anhelado. Pero, hay que moverse con el cambio, con tu evolución, y éste, muchas implica dejar personas atrás.

4. Nunca se aprende lo suficiente

Otra lección que aprendí. Y seguro a muchos de los que me conocen les sorprenderá leer esto. Yo era de las que decía, ¿para qué irse a estudiar a otro país si cuando regreses nadie va a querer pagarte lo que vales? Me di cuenta que me lo decía desde mi propia frustración, pues quería irme a estudiar fuera del país desde… bueno, desde que lo pisé nuevamente. Por razones económicas no pude hacerlo. Y el tiempo me hizo ver que la vida es un aprendizaje constante en sí, así que por más posgrados, masters y cursos que hagas, el mundo es tan cambiante, que nunca aprenderás lo suficiente. Nunca serás un producto terminado y esto aplica también a los demás, así que no seas tan exigente con los otros; así como tampoco debes serlo contigo misma. Dios estará trabajando continuamente en ti.

5. Es necesario tener “ayuda” espiritual.

¡Esto es lo más necesario! Lo comenté en mi video de Cómo no procrastinar publicado en mi canal de Youtube. Siempre he sido muy espiritual, he sabido que hay una fuerza mayor que nos da la fortaleza que necesitamos y que siempre, léanme bien, siempre, nos responde nuestras peticiones hechas desde la fe y con una actitud optimista, aunque se trate de un evento negativo. No obstante, debido a un impasse con la iglesia católica (creo que es la primera vez que lo menciono públicamente), pues me alejé un poco no de Dios, pero sí de la comunidad que busca su conocimiento a través de la palabra. Hasta que llegué a Preciosas de Dios. Sin duda un oasis para la mujer que busca comulgar con Dios, un ratito en su presencia. A partir de entonces, viví todo su poder y todo mi poder. A partir de entonces algo en mí cambió, que hasta hizo que se notara físicamente. Alguien me dijo una vez, se trata de la gracia de Dios. Si es así, soy muy afortunada.

To be continued…

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¡Hola! Soy Airam, periodista,editora de revistas, conductora de radio y ahora bloguera. Tengo 35 años y 20 de ellos me los he pasado escribiendo. 

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